Viaje hacia el silencio

Me perdí en el viaje
Nunca me sentí tan bien
Todo por delante
Todo esta hablándome
Esta cambiando el aire
Nunca me sentí tan bien.

Cuentan los astronautas que al observar la inmensidad del espacio, tomaron conciencia de lo pequeño e insignificante que es el ser humano. Yo creo que no hace falta viajar en una nave espacial para sentirse así: basta con subirse a una camioneta en Salta, tomar la ruta hacia Cachi, subir la Cuesta del Obispo, recorrer la Recta del Tin Tin, perderse una y otra vez entre vallecitos y quebradas y finalmente subir, subir y subir hasta llegar a Tacuil.

Llegué al aeropuerto de Salta a media mañana de un día cálido y nuboso. Allí estaba esperándome Álvaro Dávalos, enólogo e integrante de la Familia Dávalos, una de las más tradicionales e históricas dentro de la viticultura salteña y argentina.

Había conocido a Álvaro en una cena en la cual yo estaba extasiado con la Quebrada de San Lucas y me dijo: “entonces tenés que conocer Tacuil”. Y ahí estaba yo, justamente para eso. Subimos a la camioneta y emprendimos el viaje rumbo a Bodega Tacuil.

Empanadas en el camino

Rápidamente dejamos atrás la ciudad de Salta y a los pocos kilómetros, en El Carril, paramos para hacer una escala técnica. Bueno, más que técnica diría que culinario-religiosa: porque siempre, pero siempre que vayas a Cafayate o a Cachi, tenés que parar a comer unas empanadas en El Papabuelo.

El Papabuelo es un comedero tan sencillo como espectacular que se encuentra a la vera del camino, con piso de tierra apisonada y un gran parral como sombra. El mínimo aconsejable es media docena de empanadas, pero el número mágico es doce: miti y miti de carne y de queso. Agregale salsita colorada, acompañalo con una Cerveza Salta o (mucho mejor) un Torrontés Domingo Hermanos de damajuana sodeado y con hielo y listo: con eso tenés como para tirar hasta la noche.

En El Carril el camino se abre y te invita a ir para un lado, siguiendo viaje a Cafayate por la Quebrada de las Conchas, y para el otro, rumbo a Cachi y Molinos a través de la siempre atrayente (y peligrosa) Cuesta del Obispo.

Elegimos la segunda opción y el caserío quedó atrás dándole paso a la vegetación. Después de varios kilómetros en los que la ruta sube y baja atravesando un frondoso bosque de yungas llegamos al pie de la Cuesta del Obispo.

De cuestas y rectas

La famosa Cuesta del Obispo es un camino de cornisa de 20 kilómetros que sube zigzagueante por la ladera del cerro hasta llega a su punto más alto que está a 3.620 msnm. Allí se encuentra una singular piedra de molino que, según cuenta la historia, era transportada en carro hasta una estancia de la zona, cayó, se partió en dos y quedó en el lugar.

La trepada hasta la cima por un camino de cornisa que viborea entre los cerros es alucinante. Las nubes se vuelven cada vez más densas y cercanas y al llegar al punto más alto es como si estuviéramos dentro de ellas. De hecho, estábamos manejando lentamente dentro de la nube que se había posado mansamente sobre el cerro.

Vivir en las nubes

Una vez que pasamos la piedra del molino e iniciamos el descenso, mágicamente todo se despejó y de ahí en más el cielo celeste sería el fondo de ese cuadro perfecto: Las altas montañas de la precordillera, el nevado de Cachi (el único pico con nieve todo el año) y los valles que albergan pequeños pueblitos que aparecen y se esconden a lo largo del camino.

Tomamos la Recta del Tin Tin, esa perfecta obra de ingeniería heredada de los incas que se extiende a lo largo de 19 kms atravesando el Parque Nacional Los Cardones.

En la mitad de su trazado nos desviamos para acortar camino hacia Seclantás por un camino de ripio. “Miralo bien porque ese que dejamos atrás será el último pedacito de asfalto que vas a ver”, comentó Álvaro y sería tal cual, al menos hasta el día siguiente que estaría en viaje hacia Cafayate.

Apareció la música: Serrat, Sabina, Los Nocheros y grupos folclóricos salteños desconocidos para mí que eran la banda de sonido perfecta para ese sinfin de bifurcaciones, puentecitos, curvas y contra curvas.

La ruta 40, espina dorsal de nuestro hermoso país, marcaba el kilómetro 4.479 y me vino a la mente el recuerdo de diez días atrás, en Mendoza, viajando con amigos por la misma ruta pero a más de 1.200 kms al sur.

Por fin, Tacuil

Llegamos a Molinos y Álvaro dio una vuelta por le pueblo para que pueda apreciar las casitas coloniales, el centenario cementerio donde descansan varios de sus ancestros y la bellísima iglesia.

Molinos

Una vez que que salimos de Molinos ya estábamos subiendo hacia Tacuil. En el camino dejamos atrás Colomé, Finca Humanao y el lecho de un río seco que es todo un desafío para cualquier conductor menos para Álvaro, claro, que hace este viaje todas las semanas.

“Si algún día venís solo tenés que seguir el tendido eléctrico y no te vas a perder”. Suena fácil, pienso, mientras pongo en duda su teoría en cada bifurcación del camino sin señalizar. Finalmente y luego de cinco horas de viaje, al costado de una curva ascendente aparece el cartel tan esperado: Bienvenidos a Tacuil.

Tacuil: Lugar de descanso de Dios. Aquí el Señor acaricia diariamente las vides del viñedo más alto del mundo. 2591 msnm.

Continuará…

Enófilo aficionado que escribe sobre vinos. Bueno, en realidad me los tomo y después escribo. Beber para disfrutar, disfrutar para aprender, aprender para comunicar.
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