Una terraza en el cielo

Un camino polvoriento bordeando los cerros por entre las nubes, un viejo colectivo que recorre el serpenteante camino y un soñador al volante. Sólo eso hace falta para que un buen vino llegue a nuestras mesas. Y por supuesto, mucho trabajo, empeño y tiempo.

A mitad de camino entre Cafayate y Salta existe un pueblito llamado Alemanía, un conglomerado de casitas pequeñas reunidas alrededor de una vieja estación de trenes. En sus años de gloria, Alemanía era la terminal del tren que transportaba desde Salta a aquellos que viajaban rumbo a Cafayate. Desde ahí, había que tomar un viejo colectivo que los llevaba en un viaje de aventura por la Quebrada de las Conchas. Y es aquí donde entra en escena nuestro protagonista: ese soñador que conducía su colectivo todos los días imaginándose un futuro mejor.

Había una vez…

Palo Domingo empezó de muy joven como colectivero junto a su hermano transportando a los viajeros que se apeaban del tren en Alemanía. Y tan mal no les iba, ya que gracias a esa pequeña y próspera empresa familiar lograron crecer y crecer hasta que un día, en medio de una negociación que ampliaba sus horizontes, llegó la primera finca. Esa que les cambiaría la vida para siempre.

En esa finca el Palo Domingo se enamoró de la viña. Sentía que en cada poda estaba ayudando a sus vides a crecer derechas, vigorosas y con un gran potencial para producir. Ya estaba casado con Leonor Molina y de la misma manera fue criando a sus hijos. Años después éstos le transmitirían la misma enseñanza a los suyos.

Comenzaron vendiendo la uva hasta que pudieron construir su propia bodega. En 1977 nace Bodega Domingo Hermanos, que inicialmente producía vino a granel y poco tiempo después en damajuanas.

En 1986 los hermanos Domingo deciden tomar diferentes caminos y Palo se queda con la bodega y las fincas. Con el tiempo fueron llegando su hijos al negocio familiar. Primero Osvaldo, luego Rafael y finalmente Gabriel.

En 1995 comienzan a producir vino en botella y en 2009 inauguran en la finca de Yacochuya, a 2.000 msnm, la bodega de vinos de altura Domingo Molina (Domingo por el Palo, Molina por Doña Leonor, sostén emocional y apoyo incondicional de la familia) para incursionar en el negocio de los vinos de alta gama. Los vinos fueron creciendo en el gusto del consumidor y hoy el 50% de la producción de Domingo Molina se exporta principalmente a Inglaterra, Alemania, China, Francia, Bélgica, España, Brasil y Estados Unidos entre otros.

Osvaldo se encarga de las fincas, Rafael de los vinos y Gabriel de la logística y la fábrica de quesos de cabra. Aquel soñador del colectivo los mira desde lejos y cada tanto les da algún sabio consejo que los encamina, como si volviera a podar.

LA visita a Domingo Molina

Llegamos a Domingo Molina bien temprano y el Rafa Domingo ya estaba en plena actividad. Varios bins cargados de Malbec esperaban su turno para ser ingresados en una descobajadora de última generación que separa el grano del escobajo y realiza una selección de esos granos.

A medida que la uva ingresa, pasa por una primera sección que con un suave «bailoteo» desprende los granos del racimo. Una de las operarias (en la bodega la mayoría son mujeres) realiza una primera selección manual quitando las hojas de los racimos. La uva es transportada por una cinta seleccionadora y pasa por unos rodillos que separan los granos sanos del escobajo y los granos para descartar (pasas y verdes). Los granos seleccionados van a una prensa y todo ese mosto de pieles, semillas y jugo viaja por unos tubos hasta el tanque.

Subimos a la parte superior de la bodega para observar el trabajo en los tanques. El malbec que vimos ingresar estaba llenando el primero de ellos y en los dos tanques vecinos se estaban realizando remontajes.

Este es el momento que más disfruto, cuando las decisiones que vamos tomando definen el resultado de los vinos de ese año. El vino se define en el viñedo. Si a la bodega entra uva de buena calidad, nosotros sólo podemos hacer dos cosas: hacer un buen vino, o equivocarnos y desperdiciar esa buena uva.

Rafael Domingo . Enólogo y propietario de Domingo Molina

Salimos de la bodega y nos encontramos con una terraza en el cielo y una imponente vista de todo el valle. A nuestras espaldas, la Sierra del Cajón, antesala de la precordillera de Los Andes. De frente, la Quebrada de Las Conchas. En el medio, el verde valle que rodea la pequeña ciudad de Cafayate, esa que vive gracias a sus grandes vinos. Respirar el mismo aire que respiran esas uvas es también entender la identidad de sus vinos.

Los vinos

Estaba perdido en esos pensamientos cuando vino a mi rescate el Rafa cargado de botellas con muestras. Eran cuatro vinos recién embotellados que saldrán a la venta en el corto y mediano plazo.

Primero probamos un blend que saldrá en la línea Yeta, un corte 2018 de 85% Merlot y 15% Malbec. Si bien estaba recién embotellado y unos meses en estiba le sentarán muy bien, pudimos apreciar su frescura e intensidad. Me encanta cómo se da el Merlot en el Valle y creo que el Rafa es uno de sus mejores intérpretes. En este caso, es muy acertada la elección del Malbec para darle una mayor elegancia.

Seguimos con un segundo corte 2018 que también irá a la línea Yeta. En este caso, compuesto por un 55% Merlot, 35% Malbec y un 10% de Petit Verdot. Más complejo que el anterior y con una mayor potencia en boca, a mi entender éste será la próxima estrella de los Yeta.

Llegó el turno de un increíble Cabernet Sauvignon 2017 que probablemente sea un componente del ícono de la bodega, el Palo Domingo. Con todo el ADN calchaquí, los pimientos asados y la potencia arrasadora que lo caracteriza pero con una elegancia llena de sutilezas que ya es una marca registrada de la Nueva Enología del NOA.

Por último, pasamos al Domingo Molina Merlot 2018, a mi gusto uno de los tres mejores Merlot argentinos. Tiene esos aromas a morrón fresco que lo emparentan con el cabernet sauvignon mezclado con especias y una fruta madura. En boca ingresa suave y va creciendo mientras transita redondo y complejo. Su final es largo, de esos que quedan grabados en la memoria sensorial por siempre. Un gran vino que jerarquiza una cepa injustamente olvidada.

Ya nos íbamos y apareció Osvaldo con algunas yapas para celebrar la visita. Entre risas y anécdotas desfilaron el Yeta Cesanese (la novedad del 2018), el Yeta Tannat (casi agotado), un Pachamama (esa obra de arte elaborada a dúo con el tano Cipresso) y el Rupestre (un blend que te deja sin aliento).

Ahora sí, con los ojos inundados de paisajes y la lengua teñida de uva dejamos Domingo Molina y emprendimos el regreso hacia Cafayate. Al volver la vista atrás me pareció verlo al Palo Domingo junto a Doña Leonor contemplando a lo lejos un viejo colectivo que serpenteaba por entre los cerros. Parpadeo y los pierdo de vista. Tal vez estén podando tal como lo hicieron con sus hijos… o tal vez simplemente estén soñando. SALÚ.

Enófilo amateur y apasionado. Quise hacer un blog de vinos y me salió esto.
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