Chardonnay, Pinot Noir y una obsesión por interpretar San Pablo. Detrás de Gustavo Bertagna Wines hay mucho más que un nuevo proyecto de vinos: hay una historia de riesgo, sensibilidad y convicción.
El momento en que un sueño deja de ser imaginario
Hay algo que siempre me intrigó profundamente del ser humano. ¿Qué es eso que moviliza a algunas personas a emprender aún en tiempos de crisis? ¿Qué fuerza interna hace que alguien decida ir contra la corriente justo cuando todos buscan refugiarse en lo seguro?
Claramente no es una cuestión económica. Ni racional. Ni siquiera estratégica. Hay algo más difícil de explicar. Algo casi biológico. Una especie de fuego interno que empuja a ciertas personas a avanzar incluso cuando el contexto invita a frenar. A arriesgar cuando todos conservan. A construir cuando alrededor reina la incertidumbre.
¿Qué hace que alguien diga: “Voy a hacerlo igual”?
Hace unos días fui a la presentación de un nuevo proyecto de vinos. Pero mientras escuchaba hablar a Gustavo Bertagna, entendí rápidamente que no estaba frente a un lanzamiento más. No era solamente una degustación. No era solamente una nueva etiqueta. Ni siquiera era solamente un nuevo emprendimiento.
Fui a presenciar un sueño hacerse realidad. Y creo que eso fue lo que volvió tan distinta a esa noche.
Porque detrás de Gustavo Bertagna Wines no hay una estrategia marketinera armada para subirse a una tendencia. Hay algo mucho más humano que eso: la necesidad de construir algo propio.
Gustavo es enólogo. Hace años trabaja haciendo vinos. Trabajó para bodegas. Elaboró vinos para otros. Vivió vendimias, decisiones técnicas, viñedos, fermentaciones y cosechas. Pero tenía un sueño que lo consumía por dentro: Hacer vinos que hablaran con su propia voz. Y quizás ahí está una de las cosas más valientes de emprender: animarse a transformar una idea íntima en algo real.
Porque los sueños, mientras viven en la imaginación, son cómodos. El problema empieza cuando uno decide hacerlos existir. Y eso implica exponerse. Arriesgar plata. Tiempo. Energía. Fracaso. Miedo. Sobre todo cuando hay una familia detrás.
Porque Gustavo no está solo en este proyecto. Está Elisa, su compañera de vida y socia creativa en esta aventura. Y también están sus hijos. Y eso se percibe en cada detalle.
Las etiquetas diseñadas por Elisa, por ejemplo, son hermosas. Pero no desde un lugar ostentoso o marketinero. Son lindas porque cuentan algo. Porque tienen sentido.
Durante la presentación mostraron una imagen del perfil de suelos de San Pablo y después la compararon con las etiquetas. Ahí estaba la misma trama calcárea reproducida en la serigrafía. La textura de esa tierra fría y pedregosa convertida en diseño.
Y en ese pequeño detalle entendí algo más sobre este proyecto: no alcanza con que los vinos hablen de San Pablo. Todo el proyecto quiere hablar de San Pablo. Porque Gustavo Bertagna Wines parece construido desde esa obsesión: mostrar un paisaje en un vino. O, mejor dicho, interpretar un lugar.
No elegir el camino fácil

Y quizás lo más interesante de todo es que Gustavo ni siquiera eligió el camino fácil. Porque si alguien quisiera lanzar una línea de vinos en Argentina buscando minimizar riesgos, probablemente haría otra cosa. Probablemente elegiría una región más instalada en el discurso marketinero. Una zona que venda fácil. Una variedad segura. Un perfil reconocible.
Gustavo no. Su decisión fue ir hacia San Pablo.
Una zona fría y extrema del Valle de Uco donde el viento baja filoso desde la cordillera y las heladas forman parte del paisaje. Un lugar que todavía no tiene el peso marketinero de otras indicaciones geográficas más famosas, pero que guarda una identidad enorme para quienes realmente miran el vino desde el lugar y no desde la etiqueta.
Y después vino la segunda decisión arriesgada. No elaborar Malbec.
En un país donde el Malbec funciona casi como idioma oficial, Gustavo decidió construir su proyecto alrededor de Chardonnay y Pinot Noir. Dos variedades mucho menos obvias. Más frágiles. Más difíciles. Más exigentes.
Sobre todo Pinot Noir. Una cepa delicada, sensible, compleja. Una variedad que no perdona errores y que en zonas frías como San Pablo encuentra tanto su potencial como sus amenazas.
Pero justamente ahí parece estar el corazón del proyecto. En no buscar lo fácil. En no hacer vinos complacientes. En no construir etiquetas pensadas para gustarle rápidamente a todo el mundo.
Porque mientras Gustavo hablaba, daba la sensación de que su verdadera obsesión no pasa por hacer vinos “correctos”. Pasa por hacer vinos honestos.
Mostrar un paisaje en un vino
Hay una frase que utilizó durante la presentación y que define muy bien la filosofía del proyecto: “buscar un lujo austero”. Y me pareció brillante porque resume perfectamente la identidad de estos vinos. No hay exuberancia. No hay maquillaje. No hay sobreexpresión. Hay austeridad. Tensión. Elegancia. Paisaje.
Y ahí aparece inevitablemente Borgoña. Gustavo vivió y trabajó varios años en Europa —incluyendo Francia— y esa influencia está presente. Pero no desde la copia. No hay una búsqueda de “hacer Borgoña en Mendoza”. Lo que parece haber es otra cosa: una búsqueda de elegancia. De sutileza. De vinos menos obvios. Menos maquillados. Más ligados al paisaje que a la variedad.
De hecho, hubo algo que Gustavo transmitió durante toda la noche y que me quedó resonando muchísimo: la idea de que sus vinos no quieren hablar de la cepa. Quieren hablar de San Pablo. De su montaña. De su frío. Del viento. Del tomillo silvestre. Del aguaribay. De esa identidad algo salvaje que tienen ciertos paisajes de altura en el Valle de Uco.
Y eso se percibe claramente en los vinos.
La línea Estado Puro está compuesta por un blend de blancas (Chardonnay – Sauvignon Blanc) y un Pinot Noir. Muestra una cara más directa y visceral del lugar. La línea Interpretación, en cambio, parece ir hacia otro lado: vinos más austeros, más profundos, más pensados desde la textura, la tensión y la identidad del terroir.
Ahí fue donde más me impactaron el Chardonnay y el Pinot Noir de Interpretación. Hay algo en esos vinos que no busca agradar rápidamente. No son vinos obvios. Son vinos que parecen pedir tiempo, atención y sensibilidad. El Pinot Noir, especialmente, transmite exactamente lo que Gustavo intenta contar sobre San Pablo: frío, hierbas de montaña, tensión y elegancia.




Y quizás eso sea lo más interesante de Gustavo Bertagna Wines. Que no parece un proyecto construido desde el marketing. Parece construido desde una convicción. Desde alguien que decidió dejar de imaginar sus vinos para finalmente animarse a hacerlos existir.
Con apenas unas pocas centenas de botellas por etiqueta, lejos de cualquier lógica industrial, el proyecto se siente más cercano a una obra personal que a una marca pensada para volumen.
Y quizás emprender sea exactamente eso.
Aceptar el vértigo de crear algo que todavía no existe. Y avanzar igual.
